Cuentos del asfalto: El defensor de los marginados
June 24, 2008
By JOSEPH TREVINO/El Sol de Yakima
Por años, el padre Virgilio Zea de Yakima ha alzado su voz a favor de los indocumentados. Ahora está próximo a regresar a su país.
Cuentos del asfalto
La vida no es fácil cuando uno es el chico nuevo en la ciudad.
Pese a la gran recepción que me brindó este periódico y la gran mayoría de las personas que conocí y que sigo conociendo en el Valle, no podía dejar de sentirme nostálgico por Los Ángeles, ciudad en la que crecí. Luego, con los pormenores de nuestra mudanza, me miré forzado ha vivir por casi medio año solo en un departamento, sin la compañía de mi esposa, quien gestionaba el alquiler de nuestra casa en California.
Una de las personas que me dio la más calurosa de las bienvenidas fue el padre Virgilio Zea, un sacerdote jesuita asignado a la Parroquia de San José, en Yakima. El templo está a una cuadra de la redacción, por lo que se me hace fácil asistir ahí a misa.
Desde que lo conocí, el padre Zea me ha ayudado a ponerme en contacto con fuentes, personas, contactos para algunos de mis artículos. Conoce muy bien a la comunidad latina del Valle.
Y la comunidad latina de su parroquia lo conoce muy bien a él. Y lo quiere mucho.
Y tienen buena razón en quererlo, pues el padre ha sido un buen defensor de los derechos de los latinos desde su llegada al Valle hace cinco años. El sacerdote es oriundo de Colombia.
De modales caballerosos, Zea es un hombre erudito al que le encanta la lectura. Ah, pero esto para nada le resta sencillez con todos, pero especialmente con los más pobres y marginados de Yakima.
En el padre Zea hay un verdadero campeón por los latinos que tienen pocas cosas materiales, por aquellos que están sufriendo, por los indocumentados. Además, y creo que esto es mucho más importante que su activismo social, el reverendo consuela a aquellos en su vida espiritual, lo que los salvaguarda ante muchos de los retos que encaran en esta sociedad que suele ser hostil.
A menudo escucho como en sus misas entre semana el padre Zea les dice durante la homilía a sus feligreses, muchos de ellos que hablan inglés y que no son latinos, sobre el respeto que le deben a los indocumentados. También su mensaje va para los no latinos.
Hace algunos días leí un ensayo por Richard Rodríguez, probablemente uno de los escritores más grandes con vida actualmente en los Estados Unidos. El escrito llamado “Mexicanos en los Estados Unidos” (Mexicans in America) trata sobre la relación entre los del país del sur y los residentes de la Unión Americana.
Rodríguez dice que las personas de origen caucásica y de una cultura protestante que tienen dinero o éxito profesional, muchas veces ven al pobre y su condición actual de sufrimiento como algo que se han buscado, como que merecen estar en tan precaria situación. En suma, ven al de bajos recursos como el culpable de su desgracia.
En cambio, dice Rodríguez, latinos como el padre Zea miran al pobre -dado a su catolicismo o al derivado de tal cultura- como alguien especial, lo ven como dicen las Bienaventuranzas, como heredero del “reino de los cielos”.
Es un gran contraste.
Personalmente, pese a que al tener cierto éxito laboral y económico uno se ve fuertemente tentado a pensar igual que la cultura dominante de este país, concuerdo con Zea y Rodríguez. Soy nacido en este país y comprendo perfectamente lo fácil que es creer que el pobre, de alguna manera está condenado espiritualmente simple y sencillamente por su condición económica.
Pero es un pensamiento erróneo.
Sé que estoy sonando como un político, pero siempre, como el padre Zea, he sentido un especial afecto por los caídos, por aquellos que tienen las apuestas en contra suya, por el underdog, como dicen los norteamericanos. Francamente, y con el perdón de Cristina (sí, la conductora del programa de Burrivisión, ah, perdón, Univisión) me choca ser parte de los “ganadores”.
Me divierto más con los perdedores. Los “ganadores”, con su frivolidades, con su pensamientos sólo puestos en el dinero, en sus negocios, en sus cuentas matemáticas, pues se me hacen demasiado aburridos.
Pero ahora es el padre Zea el que se encuentra en apuros. Resulta que su visa de cinco años expira a mediados de julio, por lo que se verá forzado a regresar a su país natal.
Ya ahí, me dijo que irá a la embajada norteamericana para pedir una extensión a su visa, pero tal aprobación estará bajo la merced de un agente consular. O sea que es incierto que le aprueben el documento.
Lo que es una verdadera lástima para Yakima, pues el padre Zea es un verdadero regalo para el Valle. Sus feligreses pueden atestiguar de su dedicación hacia ellos.
En tiempos en que el clero católico se ha visto empañado por los escándalos, sacerdotes como Zea son una verdadera bendición. Los superiores de su orden, así como la jerarquía de la Diócesis deberían de hacer todo lo posible para que él se quede en Yakima.
Un mensaje para la Diócesis: Yakima necesita al padre Zea.
Mientras tanto, los feligreses organizarán una comida tipo “pot luck” (en la que todos traerán comida) para despedir al padre. La fiesta será este domingo, 29 de junio, de 2 p.m. a 5 p.m. en el salón Shoenberg Hall, de la Iglesia de San José.
Esperemos que el padre Zea pueda quedarse por más tiempo en Yakima.
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Muy orgullosa de ser la sobrina del Padre Virgilio. Hombres como él no son muy comunes en este mundo actual. Aunque lo extrañamos y lo necesitamos en Colombia, sabemos de la calidad de su misión y esa es su vocación. Ojalá los acompañe un tiempo mas para bien de todos sus fieles….. Un abrazo muy colombiano y caleño
Soy Cristiano reformado, (protestante para algunos). En verdad que es estimulante saber de que existen siervos de Dios con esa vocación y entrega. La verdadera “consagración” se conoce cuando el Siervo de Dios ama más a Jesucristo que a sí mismo.
Como capellán evangelico y colombiano, nos congratulamos y nos sentimos orgullosos de una ciudadano del reino tan especial. Oro para que Dios que conoce su verdadero propósito le ponga en el lugar donde Él mas lo necesite.