Recuerdos de la Plaza de Armas

August 5, 2008

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La autora evoca la década de los cuarentas en ese clásico lugar de Morelia donde los muchachos iban a buscar novia.

Patricia Monreal
LA VOZ DE MICHOACÁN

Un tapete de girasoles y confeti cubre la rosada piel de las baldosas en la Plaza de Armas, es fiesta septembrina y los festejos independentistas son motivo para el encuentro y el coqueteo. Morelia vive las cuatro primeras décadas de 1900.
La escena encuadra a la perfección con la postal esbozada por Chava Flores en una de sus canciones: “los muchachos por aquí, las muchachas por allá, una vuelta, una mirada, ya se está cociendo el pan”.
El encuentro primero, la sonrisa disimulada que se opaca con la mirada que afirma verdad, el gozo de descubrir la correspondencia, el rubor subrepticio, el ánimo que se estremece, en suma y como dijera José Martí, “el inefable placer de merecer”. La plaza como escenario, los morelianos sus protagonistas.
A diferencia de otros lunares en la citadina piel, éste no ha sufrido transformaciones significativas. Son sus costumbres las que se han matizado, aunque en lo fundamental sigue siendo punto de confluencia social, de esparcimiento, de contemplación.

Esos días del ayer…

Verdosas y con una firme estructura de metal, las bancas en la plaza eran lugar de descanso dominical para padres y madres que, acompañados de sus vástagos cuidaban a la lejanía y por el rabillo del ojo el acontecer del lugar.
Buscando un encuentro que oliera a casualidad, las muchachas caminaban por la plaza de izquierda a derecha, en tanto, los jóvenes en sentido inverso depositaban su esperanza en el paseo para encontrarse de frente a ella, esa muchacha que con un poco de suerte se detendría a contestarle el saludo.
Eran los días festivos los más saboreados para los primeros avistamientos amorosos, en esas fechas había algunas licencias permitidas y la insinuación tácita del gusto no tenía que precisar mayores artimañas.
En fiestas septembrinas llegaban unos camiones que a la orilla de la plaza vendían girasoles, los cuales servían para protagonizar una batalla de flores entre muchachos y muchachas. La intención era representar la lucha independentista mediante el combate de pétalos, pero lo cierto es que esto era mero pretexto, ya que ahí los jóvenes podían buscar a la muchacha que les gustaba y bañarla de flores.
Cosa similar ocurría con el confeti en fiestas como el 18 de mayo o el 30 de septiembre, cuando pretextando la celebración ellos atestaban de papeles a ellas y viceversa. Total que al final de la fiesta el tapete de flores y confeti alcanzaba incluso los cinco centímetros de altura.
En cada esquina la Plaza de Armas contaba con un árbol frondoso, además, a un costado del lugar, frente al portal Matamoros, había un pequeño kiosco de granito en el que los infantes jugaban.
A los niños les estaba permitido “gusguear”, comer durante el paseo un algodón de azúcar, o alguna golosina, no así para los jóvenes o los adultos ya que era muy mal visto ver comer a alguien en la calle.
Mientras los adultos platicaban en las bancas con otros adultos y cuidaban por el rabillo del ojo a sus hijos, mientras las muchachas hilaban sus amores iniciales y los jóvenes asechaban esperanzas, mientras todo pasaba, los niños se escabullían y creaban sus propios mundos.
Entre rondas, carreras, pasto, juegos y risas, los niños libraban los laberintos de los formalismos adultos y parían fantásticas epopeyas; comúnmente eran acompañados por unos payasitos hechos con globos doblados que tenían un trágico destino trazado: morir por un pinchazo involuntario.
La división de clases era evidente en La Plaza de Armas, la gente “de familia”, los de clase media, se desenvolvían en la parte cercana al kiosco. Los ricos, los de dinero, no se molestaban de ir por esos lugares.
En tanto, los otros morelianos, los de clase baja se ubicaban en la calzadita que está a un costado de la plaza, libres del qué dirán se permitían el disfrute de los cacahuates, las cañas con chile, los dulces.

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