La política, como bien público
September 30, 2008
By admin
Armando González Carrillo
Lo que hoy vive la sociedad mexicana, pero que en particular sufrió su más grave complicación en los acontecimientos de la noche del grito, es producto de la incapacidad del sistema cultural y educativo de conformar el imaginario nacional para que se cultive un modelo de vida más social, en comunicación lo que hasta los años 60`s se conocía como proyecto nacional de desarrollo, el modelo de Estado de Bienestar.
Hoy día, tenemos a la vista, a través de los medios de comunicación, a una sociedad en la que no se ve, por ningún lado, la salida a una crisis que comparece como dañinamente persistente. También se descubre, desde una mirada superficial, que la tarea de los políticos ha sido un rotundo fracaso cuando se trata de la construcción de una sociedad habitable, capaz de dotar de credibilidad y certidumbre para posicionarse en proyectos de vida personal y social.
La gestión de los políticos debe medirse en cuánto avanza hacia mejor, la sociedad que gobiernan, y que ahora, ya no se trata de que la simple auditoría tradicional de nuestro pueblo, los evalúe con un simple “fue buena o mala gestión” y se olvide de la gran responsabilidad que tiene el haber desviado al poder del sentido de bien común, de la razón práctica, que de decía Emmanuel Kant, era la política.
Antes, hasta la presidencia de Adolfo López Mateos, en el sexenio de 1958 a 1964, la clase política diseñaba una visión de cómo comparecer activamente en la construcción del desarrollo nacional, de cómo contar con una visión nacionalista, de pertenencia a una patria, construida con un gran pacto social, en el que cada quien cumplía con la tarea que el corte histórico le asignaba.
El imaginario social estaba construido con la idea de estabilidad y solidez social, el pueblo de México tenía de qué disponer para construir el futuro colectivo de México. Entonces México parecía nuestro, como Teléfonos, Telégrafos, Ferrocarriles, los viajes navales, los aeropuertos y las compañías aéreas, ni que decir de la propiedad social del Estado mexicano sobre las minas, el agua, el petróleo.
Entonces la patria no era una ficción, cuando el presidente de la República nos llamaba a defender la soberanía sobre la propiedad nacional, entendíamos que el pacto social se sustanciaba en una riqueza producida por los obreros de petróleos, de ferrocarriles, de los puertos y aeropuertos, por los mineros, la riqueza social que producían en conocimientos los investigadores, la conciencia de sí y de la patria que generaba la ciudadanía docente del magisterio, generador de identidad de mexicano y de trabajador por una patria de todos.
Las ventas de la propiedad social, que se inicia con Miguel Alemán de 1946 a 1952, que se argumentaba por los políticos que era necesaria la apertura a la economía mundial; afirmaron desde entonces que era necesario vender las empresas sociales porque navegaban siempre en números rojos, con pérdidas, pero eso era, y ahora se corrobora, que se trataba de una mentira pública, que empresas como teléfonos no sólo era rentable, sino que ahora, produjo en pocos años al más rico del planeta, a Carlos Slim y definió el arribo de un presidente de la República, con simple recargón político.
Salinas y Zedillo se convirtieron en los campeones de la destrucción del poder de las empresas nacionales, sociales, desarticuladores eficientes de la propiedad social, para convertir en empresa y en mercancía, el modelo de pacto social, popular y democrático.
Mucho se ha hablado de un pacto de la élite política económica y social la que decidió y resolvió la entrega de la economía y la estructura social que aún quedaba en pie, después de la catástrofe persistente y silenciosa de nuestro país. Tuvieron entonces, y ahora también, el pretexto de la crisis mundial, de la crisis con impacto global, como ahora se prevé en el caso del vencimiento de las hipotecas en EU y la incapacidad de pago de un norteamericano acostumbrado a vivir con la deuda, en el modelo de riqueza del futuro, que se pone en movimiento en el presente anticipado.
Retornando a la actualidad, la crisis persistente, paradójicamente, produjo a su contrario, a un paquete privilegiado de nuevos ricos, aproximadamente, 300 familias fueron beneficiarias de más del 80% de la riqueza producida en la década de los 80`s y los 90`s del siglo pasado. La distribución inequitativa de la riqueza nacional, generó una brecha profunda entre riqueza y miseria, entre los mucho tenían, no a pesar de las crisis, sino porque a través de ella, acumularon riquezas desde las burocracias de gobierno.
La violencia de alto impacto, como la que vivimos hoy a través de las acciones del crimen organizado, es apenas una de las expresiones, de los efectos directos, de los resultados de la política antinacional, de un reparto empresarial de la riqueza social, desde el poder público, del abandono del poder y de la propiedad del Estado mexicano, para entregarla a empresarios y a políticos como un bien privado, para convertirse en la estructura básica de un nuevo poder, y para apostar al desarrollo económico y social de los mexicanos.
El promedio de producción de riqueza nacional es de 12 mil dólares per cápita, que está muy distante de lo que tenemos a diario en nuestros hogares, esto sería que una familia de los dos padres y dos hijos, mensualmente tendría una bolsa familiar de 4 mil dólares mensuales, pero los datos nos dicen que la familia promedio apenas si cuenta con un ingreso de apenas de tres a cuatro salarios mínimos, menos de 3 mil peso mensuales, lejos de la perspectiva de la equidad económica.
Europa, inició apenas en los años 70`s del siglo pasado un mejor reparto social de la riqueza y ahora se da un soporte colectivo al empleo y al desempleo, a la salud, la educación, la vivienda, como derechos sustantivos, con lo que todo europeo toma distancia de una vida precaria, miserable.
Mientras que nuestros políticos, a partir de esos tiempos, desanduvieron los caminos del Estado de Bienestar, de justicia social y privatizaron la política, que es más grave que la privatización de Telmex, de la minería, de Ferrocarriles Nacionales, o ahora de Pemex, porque han lanzado a la basura el fundamento del Estado y de la Política, el bien común.
Nuestros políticos están reprobados, como gobierno ocupamos el lugar 72 de un análisis de 180 países sobre corrupción, de una calificación de 10, obtuvimos 3.6, pero allí siguen, allí seguirán, priorizando los intereses de partido, de grupo, personales, y no el bien de la Nación como se hizo desde el general Cárdenas hasta Adolfo López Mateos. Los intereses personales se explican y justifican en los partidos políticos, en sus denominadas corrientes de opinión, que son el mecanismo legal para conquistar poder y con él, la propiedad de la política, en decir, el poder pasa a manos privadas.
La delincuencia hace lo suyo, hace lo propio y no tiene la sutileza de apropiarse de la riqueza teniendo como instrumento de operación a la política, sino la corrupción, el resquebrajamiento del Estado de Derecho, cimienta su poder económico en la compra de la procuración de justicia, unos como empresarios evadiendo impuestos, para no aportar a la bolsa social de la Nación, Hacienda, otros para obviar trámites o para envilecer la calidad de los productos, los policías extorsionando a los que violentan la ley y para que sigan beneficiándose de los delitos, tienen que pagar una parte de sus ganancias.
Ahora, la política es menos la distribución del bien social y más, mucho más, el reparto personal del poder. La delincuencia común es más detestable porque en sus acciones se evidencia su carácter sanguinario, violento, atroz. Pero el juez y el ministerio público, el policía y el militar corruto, el político que obvia su responsabilidad ante delitos que se enmascaran en la política, no son menos detestables, los que se apropian de la riqueza social, llamada a construir una sociedad justa y democrática, habitable, pero es riqueza que se acumula en riquezas de la burocracia política, de los empresarios que lavan dinero de la delincuencia organizada o de los políticos, que repentinamente se convierten en empresarios y nuevos ricos.
Más que la reforma energética, hacendaria, urge la reforma cultural de la política mexicana, un cambio que tiene que hacer a fuerza de una planteamiento de revolución cultural de la política, para tirar por la borda a la subcultura de la delincuencia política, desde los poderes públicos. En los últimos 30 años la pobreza de los mexicanos se incrementó a manos de los políticos, hasta en un 300%, esa en una violencia masiva, generada desde los políticos, de la que ningún mexicano se ha podido salvar, excepto con los que el Estado hizo los negocios, como el hombre más rico del planeta: Carlos Slim.
El bien público ha desaparecido de la política en México.
La Voz de Michoacán
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