El Sol De Yakima

Cuentos del asfalto: La era del ‘Sancho’


De acuerdo a un reporte, la infidelidad está creciendo, incluso entre los latinos
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Cuentos del asfalto

Estamos en una nueva época.
No, no hablo de las elecciones de este cuatro de noviembre. Sí, entiendo toda la euforia alrededor de ella, pero la experiencia me ha dicho que se debe confiar menos en las urnas electorales que en el sentir y pensar del país.
Hablo de la era del “Sancho”. Y la “Sancha”.
¿Qué si bromeo? Pues…sí.
Y no.
Pues, ¿Acaso no sabe que la infidelidad está de moda? Sí, es cierto.
Según un artículo en el diario New York Times en su sección de ciencia y salud la semana pasada, dice que el adulterio ha aumentado entre los hombres maduros y de edad avanzada y entre las mujeres jóvenes. La nota, la cual cita varias encuestas y estudios, indica que en los Estados Unidos ha subido la infidelidad por un 28 por ciento entre los hombres que pasan los 60 años de edad.
Y las mujeres no se quedan atrás, no señor. Entre las damas mayores de 60, el adornarle la frente a sus maridos ha subido por un 15 por ciento.
Guau.
Pero no hay por que preocuparse, pues si lo vemos como una señal de emancipación y de una mujer realizada, pues vamos mejorando, ¿qué no?
Entre los hombres maduros y de más edad, el artículo especula que en parte se debe al viagra, droga que le permite a estos rabos verdes, ejem, perdón, quise decir  señores, andar de desliz en desliz y en muchos casos hasta dejar sus esposas de toda la vida por otras damas.
Pero creo que todo esto ya lo sabíamos. Lo vemos por todas partes, en nuestros lugares de trabajo, con amistades y en algunos casos, hasta en nuestras iglesias y lugares de adoración.
Un claro indicador que no vemos el adulterio (palabra que nos suena anticuada) con tan malos ojos es Angelina Jolie. Todos supimos que Jolie le bajó el marido a Jennifer Aniston, quien era la mujer de Brad Pitt.
Hace unas semanas, por fin Jolie admitió que su amorío con Pitt sucedió cuando ella y el actor rodaban una película juntos. Durante ese entonces él estaba casado con Aniston.
Sin embargo, ahora, con su trabajo humanitario y su adopción de varios niños extranjeros Jolie, “la otra”, ante nuestros ojos ha superado moralmente a Aniston, la esposa. Sugiero que formemos una comitiva para que comience su proceso de canonización y la empecemos a llamar “Santa Angelina”.
Y en el mundo del espectáculo latino no se quedan atrás. Ni mucho menos.
Sí antes era raro el tipo de letras en las canciones pop, baladas o rancheras que ponían en un nivel superior al amante o la querida sobre el esposo u esposa, hoy no es así en la música regional mexicana. De hecho, ahora el “Sancho” o la amante se han convertido en las heroínas de tales canciones, mientras que el cónyuge se ha vuelto el villano.
Ahí tenemos a Jenny Rivera, quien es la actual campeona por las “otras”, cantando con su prodigiosa voz (de eso no cabe duda) odas a las rompe hogares en temas como Querida socia, en la que interpreta a una amante que le dice a la esposa rival:
“tú le lavas la ropa ..pero yo se la quito…”

Y Rivera no es la única. Los Horóscopos de Durango cantan el himno de los “Sanchos” y “Sanchas” en Dos Locos: “Que tontos, que locos somos tu y yo, estando con otros y amándonos”.
De hecho, se puede decir que las canciones de infidelidad en el género de banda y duranguense, han superado a los narcocorridos. Lo dicho, los “Sanchos” están de moda.
El desdén que ahora le tenemos a la lealtad al cónyuge es tal que no se limita a la vida real, pues incluso los personajes de ficción llevan las de perder ante críticos que no toleran que nuestros héroes le sean fiel a sus esposos o esposas.
Un buen ejemplo es el último filme en el que Sylvester Stallone interpreta al boxeador Rocky en Rocky Balboa, en el que ya retirado y viudo de su amadísima Adrian (quien según la historia del filme sucumbió al cáncer), visita constantemente la tumba de su mujer y lleva una vida casta en su madurez. Recuerdo que una de las críticas constantes de los reseñadores de filmes era precisamente eso, que Rocky, a diferencia de nosotros, optó por velar por su mujer en lugar de buscarse a la primera dama que encontrara para volverse a casar de nuevo (o por lo menos tenerla como amante).
Hace poco terminé de leer Old Thunder (Trueno Viejo), una biografía de la vida de Hilaire Belloc, uno de mis autores favoritos y reflexioné en lo distante que era el adulterio para tan gran escritor. Belloc, un inglés de padre francés, nació durante el siglo antepasado y murió a principios de los cincuenta del siglo pasado.
A los veintitantos años probablemente Belloc estaba lo más lejos de convertirse en un “Sancho” cuando se casó con Elodie Hogan, una joven californiana después de caminar -sí, dije caminar- desde Nueva York hasta el Valle de Napa, en California.
La pareja se casó cuando Belloc tenía 26 años de edad. Se fueron a vivir a Inglaterra, donde tuvieron cinco hijos antes de que ella muriera de influenza en 1914, el año que comenzó la Primera Guerra Mundial; que se sepa ninguno de los dos esposos jamás le fue infiel al otro.
Belloc, quien ya para entonces era un autor mundialmente conocido, tenía 44 años de edad cuando enviudó (años en los que muchos maridos de hoy tienen sus “crisis de la madurez” y dejan a sus esposas por “Sanchas” más jóvenes); vistió de luto el resto de sus días en honor a su amada Elodie. Todas las noches, antes de dormir, pasaba por la puerta que daba a la recamara nupcial que compartió con su mujer, se santiguaba  y besaba la puerta antes de irse a dormir.
En 1953, Belloc falleció de una embolia. Cuarenta años después de que muriera Elodie, Belloc por fin se reunió con su mujer, ya que fue sepultado en la misma tumba con ella.
Desde que llegué al Valle me dijeron que Yakima era como Peyton Place, la serie de televisión de los 60 que describe a un pueblo pequeño donde aparentemente es un lugar tranquilo, pero con un trasfondo de deslices e infidelidades.
No sé, pero prefiero creer que hay más virtud que vicio en Yakima. Que existe más honor que deshonor, que hay más gente fiel que infiel, más maridos imperfectos -pero buenos-  que “Sanchos”.
Probablemente alguien por ahí ha de estar diciendo que soy un moralista, un viejo hipócrita que seguro tengo mucha cola que me pisen. A estos, con respeto les digo que la hipocresía es la reverencia que el vicio le da a la virtud, o sea que hipocresía no es no hacer lo que uno predica, sino no creer en lo que uno predica.
Para ser más claro, una persona puede creer firmemente en una vida moral pero como todos, en algún momento cometer alguna imperfección sin que eso la convierta en una hipócrita (con esto no estoy justificando ningún error pasado). Una persona hipócrita es aquella que dice creer en una vida moral y realmente no cree en el código moral.
Sí, prefiero seguir el ejemplo de Belloc que los consejos de Jenny Rivera, Jolie o los Horóscopos de Durango.
Y a mi esposa le puedo cantar -sin la gracia de un Gerardo Reyes- con mi voz rasposa y quemada, esperando no ofenderla tanto con mi desafino, “que nos entierren juntos…”

• Joseph Treviño es el editor de El Sol de Yakima. Su columna, Cuentos del Asfalto, aparece semanalmente. Este artículo es parte de su columna. También puede escuchar sus comentarios sobre las noticias actuales todos los miércoles como invitado del programa de Francisco Ríos, director de noticias de Radio KDNA a las 8 a.m. en el 91.9 F.M. Además, Radio KDNA ofrece su programa de noticias todos los días a las 8 a.m., 11:45 a.m. y a las 6 p.m.

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