January 21, 2009
By admin
Ricky Cabrera era un adolescente de 16 años de edad que estaba lleno de anhelos; pese a no ser pandillero, la violencia callejera de Wapato le arrebató la vida. Un reportaje especial.
MELISSA SÁNCHEZ
EL SOL DE YAKIMA
WAPATO – El muchacho que creció en la casa de las pandillas recostaba su cabeza en el regazo de su madre y le contaba sus sueños. Siempre cambiaban.
Algunas veces decía, “llegaré a ser un boxeador”.
(Pero ella estaría triste de ver a alguien pegarle a su hijo más chico.)
“Entonces, tal vez podría ser un luchador”.
(No va a pasar. Eres demasiado flaco.)
“¿Qué tal si llego a ser un cantante?”
(¿Con esa voz? Suenas como un perro aullando).
“Ya sé”, dijo finalmente, unas semanas antes de morir. “Llegaré a ser un ladrón”.
Su madre se puso tensa, pensando en otro hijo mayor, el que está encarcelado en California. Luego escuchó un tono conocido en la voz de su hijo.
“Sí, un ladrón con título. Dicen que los abogados ganan buen dinero”.
Ricardo Cabrera, de 16 años, era un sabelotodo con mamitis que dibujaba tiras cómicas, escuchaba música hip-hop y jugaba baloncesto con los jóvenes del barrio por la noche.
Nadie, incluyendo las autoridades, dice que era pandillero.
Pero sus hermanos y amigos sí lo son.
Y en la tarde del 12 de noviembre, alguien con ganas de ajustar cuentas con otra persona de la casa de Ricky – es lo que algunos miembros de la familia creen – le dispararon mientras caminaba afuera con un amigo.
“No le desearía este dolor a nadie. Ni siguiera a las madres de las personas quienes lo hicieron. A nadie”, dijo Maria Cabrera, de 50 años, quien aun marca el número del celular de su hijo fallecido, para escuchar su grabación de mensajes. “No quiero que esto vuelva a suceder. Más violencia no hará que regresé a mí”.
No han habido arrestos en las ocho semanas desde la muerte de Ricky. Investigadores dicen que tienen adelantos sobre los sospechosos, pero no suficiente información para arrestar a alguien.
Su muerte remató una sucesión de homicidios en el Condado de Yakima para el 2008, de las que la policía dice que fueron relacionados con pandillas. De las 18 personas asesinadas en el condado el año pasado, la mitad eran jóvenes.
Ricky era uno de ellos.
La muerte de Ricky
Meses antes de su muerte, unas balas que fueron disparadas desde un auto en movimiento atravesaron las paredes de la casa de los Cabrera, la cual queda sobre North Track Road.
“Creo que le dicen una casa de pandillas por las personas que vienen aquí”, dijo el hermano de Ricky, Christian Cabrera, de 22 años. “La mayoría de mis amigos son pandilleros”.
Christian también lo es. Él entró a la edad de 14 años, siguiendo los pasos de sus dos hermanos.
Está Miguel, de 30 años, quien está sentenciado en la cárcel de California, High Desert State Penitentiary, por asalto con una arma mortal.
Y Alejandro, de 27 años, con un récord de delitos mayores que incluyen una condena de armas de fuegos en el 2002. Christian no tiene condenas de delitos mayores.
Alejandro Cabrera dice que no puede dejar la vida de ‘gángster’, aunque tiene tres hijos propios. Aunque su hermanito haya muerto.
“No sé cómo explicártelo”, dijo Alejandro una tarde en la casa de sus papas, donde las fotos en marcos sobre la pared le recuerdan al morenito sonriente. “No sé como explicármelo a mí mismo”.
Los hermanos de Ricky no querían que se uniera a una pandilla.
“Siempre lo agobiaba, le decía, ‘No te voy a dejar botar tu vida’”, dice su hermana, Verónica Guízar, 23 años, consejera para jóvenes con problemas de abuso. “Él decía, ‘No soy tonto. ¿Qué, crees que soy estúpido?’”
Nadie salió herido durante los dos disparos por auto que sucedieron el verano pasado. Pero después del primero – tras ver a su hermanito correr dentro de la casa, desplomarse en la cama y tocar su cuerpo para asegurarse que no tenía heridas – Christian compró una pistola.
La siguiente vez fue diferente.
“Yo ví la pistola. Escuché el disparo. Y yo devolví fuego”, dijo Christian.
No sabe si le disparó a alguien. Él se pregunta si eso tuvo algo que ver con la muerte de Ricky.
“Sí tenían un problema conmigo, porque no ..”. su voz se desminuyó. “Mi hermanito sólo iba a la tienda ese día”.
Ricky iba caminando hacía Crossroad Market como a las 6:30 p.m., con un amigo, Andrés Silva-Corona, de 16 años. Trabajadores de la tienda recuerdan a Ricky como un chavo callado que gustaba comprar su bolsa de 99 centavos de Cheetos picantes y una soda.
Esa noche, él no llegó a la tienda.
Los amigos apenas habían caminado dos casas cuando un auto verde de cuatro puertas se les acercó, dijo Silva-Corona. Alguien gritó algo que él dice no haber entendido, pero cuando salíó la pistola de la ventana, él entendió.
Le había disparado antes. Silva-Corona corrió, pensando que Ricky iba detrás de él.
Hubieron disparos. Luego escuchó a su amigo gritar: “Me dispararon! Me dispararon!”
Silva-Corona regresó con Ricky. Arrastró a su amigo a la casa.
El hombro de Ricky fue acribillado. La bala causó una ruptura en una artería. Se desangró de muerte en Toppenish Community Hospital.
Las pandillas: “Era una parte ineludible de su ambiente”
Luego se dictaminó que Ricky tenía marihuana en su cuerpo cuando murió. Su familia no dice si él fumaba mota. En lugar de eso, su hermana recuerda cómo engañaba a Ricky a que fuera a la clínica para tomar las pruebas de drogas, análisis que siempre regresaban negativos.
Los administradores de la secundaria de Wapato rehusaron comentar para esta nota por respeto a la familia Cabrera.
Las notas de Ricky iban de B [Nota del editor: algo así como una calificación de un 9] a F [como un 5 o reprobado]. El estudiante de décimo año normalmente reprobaba matemática, pero le iba bien en gramática y en ciencias.
Hablaba acerca de inscribirse en el “Army” (ejército) después de la secundaria y luego asistir a la universidad de Gonzaga, principalmente porque le gustaba el equipo de baloncesto.
Con frecuencia, los maestros lo castigaban por ser hocicón, según su novia, María Álvarez, de 16 años de edad.
Ricky no tenía antecedentes criminales, ni tatuajes. Pero los agentes de policía lo paraban a menudo mientras él caminaba por fuera y le pedían que sacará todo de sus bolsillos, dijo Álvarez.
Su hermana dice que Ricky no podía evitar conocer pandilleros. Eran una parte ineludible de su ambiente de hogar.
“Él no pudo escoger dónde iba crecer y alrededor de quién”, dijo ella. “Ellos dicen ‘disparo’ y es como si él tenía que ser un pandillero. Si conocían a Ricky, sabrían que eso no era cierto”.
Investigadores de la Oficina del Sheriff del Condado de Yakima creen que Ricky participó en actividades de pandilla, pero no saben si fue miembro. Es una distinción complicada, dijo el jefe de detectives, Stew Graham.
La oficina del Sheriff está a cargo del caso dado a petición del Departamento de Policía de Wapato, la cual está baja en personal para investigar homicidios.
“No tenemos suficientes agentes para andar en las calles”, dijo el Jefe de Policía de Wapato, Richard Sánchez, quien expresó su pesar por la muerte de Ricky.
“Yo conozco su familia, que sus hermanos están involucrados”, dijo él. “Pero no voy a decir nada de la familia. Es demasiado triste que perdieron a uno de sus hijos. Una víctima es una víctima”.
La investigación continúa
Días después del disparo, la comunidad se preparó para las represalias. Sánchez hizo la conexión del “spike” o aumento en actividad de pandilla en la secundaria debido a la muerte de Ricky. Dijo que algunos padres están viviendo engañados al no creer que sus hijos están envueltos con pandillas.
“Las familias tienen que despertar y entender que sus hijos están envueltos en actividades de pandilla”, dijo en ese entonces Sánchez.
Durante la Misa del funeral de Ricky, amigos de la escuela y del vecindario llenaron la Iglesia Católica de San Pedro Claver. Oficiales de múltiples agencias policías patrullaron el área. Reporteros estuvieron presentes también, por si acaso iniciaba una actividad pandillera.
Nada pasó.
“Nuestra familia no es estúpida. Entendemos qué querían decir”, dijo Guízar acerca de los medios y la policía. “Se burlaron de nuestro dolor”.
Todos mimaban a Ricky, el menor de cinco hijos. Sus hermanos le daban dinero para sacar a su novia. Le compraban ropa de marca, la cual él lavaba con cuidado y colgaba sobre las sillas de la cocina para que se secaran. La noche que Ricky murió, Christian estaba en Yakima comprándole a su hermanito una computadora de mesa.
“Yo le decía, ‘Te consigo lo que sea. Nada más que no te vaya mal en la escuela”, dijo Christian, quien no pudo pagar por ir a la universidad después de graduarse con un promedio de 3.2 de la secundaria Wapato. “Yo quería que todo para él fuera mejor de lo que yo tuve”.
Mientras crecían, los hermanos mayores usaban ropa de segunda y le ayudaban a sus padres en “los fields”. María y Lorenzo Cabrera, inmigrantes de México, han pizcado y empacado fruta en el Valle de Yakima por tres décadas.
Lorenzo, de 54 años, vino a los Estados Unidos de joven buscando aventura y el sueño americano. El suyo fue un sueño que se pudrió.
Antes de conocer a María en un lava carros de Los Ángeles, Lorenzo tuvo un hijo con otra mujer. Él trabaja, tomaba – ahora toma para borrar los recuerdos, dice él – y vendía drogas. A veces vendía mucho, pero el dinero parecía resbalar entre los dedos.
“Gastaba su dinero en otras cosas en lugar de pagar las cuentas. Pero también pagó su tiempo”, dijo Christian, quien de una manera llegó a ser el padre de Ricky, cuando en el 2001 su verdadero padre fue encarcelado por vender cocaína.
Durante la ausencia de su padre por esos 15 meses, los hermanos Cabrera mayores le ayudaban a su madre a pagar el préstamo de casa – trabajando en lugares tan distintos como un matadero, McDonald’s y en un supermercado.
“Todos teníamos que hacer algo para ayudar a la familia”, dijo Guízar.
Aquellos quienes estudian las pandillas dicen que una manera en que miembros pueden salir de ellas es yéndose del pueblo. Los hermanos de Ricky saben esto. El mayor, Miguel, se mudó a California por esa razón.
Más allá de la muerte
Los otros hermanos no se van. Wapato es su hogar.
Y Ricky amaba su casa con los azulejos pelados, corredores oscuros y la puerta delantera que siempre estaba sin llave.
Este lugar es algo como un refugio para amigos sin donde ir. Inmigrantes recientes. Familias enteras. Niños de otros padres.
Está en el carácter de María de aceptar a la gente en su casa. Ella fue huérfana, desde la edad de 8 años, y crío a sus dos hermanos en México. No le cerrará la puerta a nadie, especialmente si son los amigos de sus hijos.
“Cuando están aquí, es como si una parte pequeña de Ricky está todavía aquí”, dijo ella.
Hay una nueva visita en la casa de los Cabrera, una monja de Marie Rose House en Wapato. Desde la muerte de Ricky, la hermana Mary Ellen Robinson ha pasado la mayoría de las noches para ofrecer apoyo emocional a la madre de Ricky.
Ahora refleja sobre el código de silencio entre los miembros de pandilla, sus familias y sus amigos; especialmente cuando se trata de hablar a la policía.
“El silencio es más complicado de lo que yo primero pensaba”, dijo ella. “Lo que siento que he aprendido es lo inevitablemente natural que es proteger a los suyos”.
En este barrio, los residentes tienen que mentir para evitar represalias de pandillas, dijo Amanda Green, de 18 años y de Wapato.
Ella dice que sabe esto por experiencia, y se pone callada.
Luego Green recuerda al flaquito con una imaginación viva, quien inventaba cuentos con ella cuando eran niños.
“Ricky no tuvo la oportunidad de contar su propia historia”, dijo ella.
Ricky tenía muchos amigos, luchaba con sus hermanos y se devoraba las enchiladas de pollo que hacía su hermana. Era un muchacho feliz pero prácticamente obsesionado con ideas de morir. Romantizaba la muerte de los ídolos de rap y escribía sus propias letras sobre el mundo que lo rodeaba.
“¿Qué hay si mueres?” le preguntaba a su amigo, Silva-Corona. “¿Qué hay si yo muero?”
Se prometieron uno al otro que no iban a llorar en sus funerales.
Fue una promesa que el amigo de Ricky no pudo cumplir.
Vera Sanabria ayudó con la traducción de este reportaje.Sin s
One Response to “Sin salida”
Got something to say?
ME PARECE MUY TRISTE LA HISTORIA DE RICKY, ESPERO QUE LOGREN ESCLARECER SU MUERTE. QUIERO PEDIR UN FAVOR, MI HERMANO SE LLAMA JOSE R. SANCHEZ TERRONES, YCREO QUE ESTA E N LA CARCEL EN WAPATO HACE MUCHOS AÑOS QUE NO SE DE EL SI PUDIERAN ORIENTARME PARA UBICARLO SE LOS AGRADECERIA CON TODA EL ALMA. GRACIAS!!!!!!!