March 31, 2009
By JOSEPH TREVINO/El Sol de Yakima
Los centros médicos del Valle decidieron no implementar una ley que permite que los doctores ayuden a morir a pacientes con enfermedades terminales.
Bravo por los hospitales.
No son muchas las veces que siento deseos de halagar a nuestro moderno sistema médico y su forma corporativa, cuya ética muchas veces es fría y arrogante con los pacientes y en especial, con los inmigrantes. ¿Me equivoco?
Pero cuando me enteré que la mayoría de hospitales del Valle decidieron no implementar la ley que proviene del Acta de Morir con Dignidad, pues no pude más que sonreír. Vaya, dije, por fin alguien decidió levantarse contra el Establishment (la clase dominante) y, sean cuales sean sus motivos, poner primero su conciencia sobre los deseos de una elite que vive en la parte oeste del estado que está empecinada en arrojar su “Mundo Feliz” (título de una novela clásica que trata sobre una sociedad futurista que en nombre de la caridad y civilización dicta cuando las personas deben nacer, vivir y morir) sobre los del lado del este.
Centros médicos como Yakima Regional Medical y Memorial Hospital, además de Sunnyside Community Hospital dijeron que no implementarían tal acta. Aquellos que deseen quitarse la vida con la ayuda de un doctor, pues tendrán que hacerlo en otro lado.
Al escribir esto, no lo estoy haciendo a la ligera. De hecho, es algo que en las últimas semanas me ha calado de la manera más profunda.
A principios de febrero, dos días después de La Candelaria, falleció mi madre en Los Ángeles, tras perder una larga, lenta y dolorosa batalla contra la diabetes y males del corazón. Todavía la encontré con vida, consciente, pero sus piernas la atormentaban, pues la circulación a ellas era poca.
Tuvieron que administrarle morfina. Es doloroso ver como un ser querido agoniza, especialmente si es uno de los seres que uno más quiere en el mundo.
Tras una larga intervención a sus piernas, mi madre sufrió un ataque cardiaco masivo justo delante de mí. Es un horror desesperante ver que la madre de uno se muere ante uno.
Después de unos largos y asfixiantes minutos que me parecieron eternos, los doctores lograron revivirla, pero me dijeron que sólo le quedaban minutos, cuando mucho horas, de vida. La pusieron en un sistema respiratorio. Una trabajadora social se me acercó y me dijo que tal vez era mejor “dejar que ella pasara a mejor vida de forma natural”, en lugar de mantenerla viva hasta el último instante con la ayuda de la máquina.
Entonces comprendí porque son tan seductoras las frases y argumentos de aquellos que con la ayuda de mucho dinero de fuera del Estado de Washington, lograron que los votantes del Estado aprobaran el Acta de Morir con Dignidad (pero lo interesante es que la mayoría de votantes del Valle votaron en contra de ella). Las palabras de la trabajadora social, tan amable, tan comprensiva, me hicieron sentir como que yo era el verdugo de mi propia madre y que en mis manos estaba darle la paz.
Pero entonces recordé quién era mi madre. Evoqué muchos momentos de felicidad que ella me dio, a costa de tremendos sacrificios; Le tocó trabajar durante todo su embarazo para luego darme a luz.
Medité que la mujer que estaba muriendo delante de mí fue una trabajadora del campo, como muchas mujeres del Valle de Yakima, una dama que luchó como el mejor de los soldados contra viento y marea con unas agallas que pocos hombres tienen.
Me dije, “no, no dejaré que mi madre se vaya y muera como un animal. Con lo poco que tengo la ayudaré a que libre su última batalla como lo hizo toda su vida…y que Dios decida”.
Y Dios decidió. Murió como una hora después, pero antes un cura le administró los Santos Oleos.
No, la muerte nunca es bonita. No hay nada romántico ni fantasioso en ella, especialmente cuando se trata de un ser querido.
Pero creo que cuando una elite de la parte oeste del estado desea imponer sus ideas y voluntad sobre los más pobres y desprotegidos, en este caso los de la parte este de Washington y muy en especial, los inmigrantes latinos del Valle, pues ahí sí que no estoy con ellos.
Los hospitales del Valle hicieron bien en decidir no implementar tal ley. Es un caso de desobediencia civil, muy parecido a lo que siempre han hecho las personas a lo largo de la historia cuando se enfrentan a leyes injustas.
Lo dicho, bravo por los hospitales del Valle.
• Joseph Treviño es el editor de El Sol de Yakima. Su columna, Cuentos del Asfalto, aparece semanalmente. Este artículo es parte de su columna. También puede escuchar sus comentarios sobre las noticias actuales todos los miércoles como invitado del programa de Francisco Ríos, director de noticias de Radio KDNA a las 8 a.m. en el 91.9 F.M. Además, Radio KDNA ofrece su programa de noticias todos los días a las 8 a.m., 11:45 a.m. y a las 6 p.m.
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