CUENTOS DEL ASFALTO: La tiranía de los mediocres

May 26, 2009

By JOSEPH TREVINO/El Sol de Yakima

Es la era de la exaltación de lo vulgar, donde el destacar está prohibido y la excelencia es una mala palabra.

De niño, entre mis lecturas favoritas estaban los cómics.
De entre los estadounidenses mis favoritos eran The Hulk y Werewolf by Night. Y de los mexicanos, mi historieta predilecta era, como a millones de lectores en Latinoamérica, Kalimán.
El máximo héroe de las historietas mexicanas -superando en ventas a todas desde sus inicios en radionovelas y luego en forma impresa desde 1965 hasta 1991- Kalimán no tenía super-poderes. Era, en todo caso, la cúspide del ser humano, con sus habilidades tanto físicas como mentales elevadas a su máxima potencia, debido a su increíble disciplina por mejorar en todos los niveles.
Con esas armas se enfrentaba a los peores villanos, quienes solían estar a la altura. Su tesón por sobrevivir, por dar hasta lo último por salir adelante, hacían que Kalimán triunfara ante los peores obstáculos.
Ultramasculino, sin embargo lo que más atraía de Kalimán -especialmente a los lectores niños y adolescentes como yo de a finales de los 70, principios de los 80- era su nobleza y humildad. Jamás mataba, era un perfecto caballero y  siempre decía frases sabias que llegaron a ser parte del léxico mexicano, como las ya trilladas “No hay fuerza más poderosa que la mente humana” y “Quien domina la mente lo domina todo”.
En suma, Kalimán era la lucha por la excelencia personificada. Siempre alentaba a su pequeño aliado, Solín, un niño egipcio y compañero de aventuras, para que diera lo mejor de sí.
Ah, Kalimán, si estuvieras hoy lo más probable es que te decepcionarías de este mundo.
El llamado “Hombre increíble” notaría sin duda que la sociedad de comienzos del Siglo XXI es tan distinta en sus principios -o más bien en su falta de principios- a sus nobles ideales.
Ahora, en la sociedad, en lugar de decir como solía el personaje de la historieta, “Sólo el que lucha merece la victoria”, volteamos nuestros rostros y exaltamos a la mediocridad.
La cultura pop norteamericana está llena de mantras igualitaristas empecinadas en que nadie destaque, que todos seamos iguales, las cuales suelen rebajar a todo al denominador común más bajo.
Esto, contrario a lo que algunos maestros de escuela enseñan, no se debe a los fundamentos originales de la república norteamericana, sino más bien a una incipiente filosofía (bueno, mejor dicho, una antifilosofía) llamada “desconstruccionismo”: es el pensamiento cuyo fin es desbaratar el significado del lenguaje y hacerlo que signifique algo de acuerdo con quien lo hable; sus partidarios a menudo manipulan el lenguaje para su propia conveniencia.
Un buen ejemplo en el mundo del espectáculo latino son los Rivera, con Jenny y Lupillo a la cabeza, quienes la cadena Univisión promueve algo así como la última Coca-Cola en el desierto de la música popular mexicana. Eso sí, sin importar que ambos vayan más allá de lo naco (sin ofender a los nacos, cuya seudocultura por lo menos es colorida y llena de pasión).
La cadena, encabezada por algunos ejecutivos de Miami, presenta a Lupillo y últimamente a Jenny, con sus modales de pandillera, su vocabulario barriobajero y dejos pirujones,  como “ejemplos” de los inmigrantes mexicanos.
No cabe duda que los ejecutivos de Miami muestran así su desdén por la comunidad mexicana. Yo no culpo a los Rivera, pues creo que son marionetas en manos de estos ejecutivos venales.
No todo el tiempo fue así con Univisión. Bien recuerdo que durante los 90 pusieron como programa mañanero desde México Un nuevo día, con César Costa y Rebecca De Alba, en el que, a diferencia de Despierta América (programa que lo suplantó), además de espectáculos y notas lite solían entrevistar a novelistas, pintores y tenían una sección cultural.
Ahora, por supuesto, todo lo que huele a cultura parece estar vetado de las televisoras en español en Estados Unidos.
Pero si el desconstruccionismo domina a las televisoras latinas, la exaltación de lo mediocre, lamentablemente, también ha invadido Yakima.
Cabe mencionar que el pasado 14 de mayo cumplí dos años de estar al frente de este semanario; estuve antes en Los Ángeles.
Si algo he admirado y sigo admirando de Yakima, es su gente. Disculpe si sueno a político demagogo, pero continúo fascinado por el tesón que muestran los latinos, especialmente aquellos que trabajan en los campos y las bodegas.
Pero en mis dos años en lo que yo ahora llamo mi amada Yakima, no he podido dejar de notar sus males. Ahí van.
De esto no se escapa el periodismo mal hecho. Es aquel que, con base en la creencia, como en las televisoras, de que el latino local carece de cultura, pues por lo tanto hay que darle el periodismo menos comprometido, menos profundo, con notitas cortas que no dejan sabor a nada en publicaciones que más bien tienen sazón a panfletos baratos.
Luego están aquellos fabricantes de los espectáculos locales enfocados a los latinos, quienes suelen promover los narcocorridos, como si de por sí nuestra comunidad no tuviese ya bastantes problemas como para alentarlos a la drogadicción y la vida criminal.
Por supuesto que estos proponentes locales actúan como mafiosos, mangoneando a todo mundo como caciques y actuando con total vulgaridad, tratando de imitar a gángsters del mundo hip hop o de los narcocorridos. Mas en Los Ángeles he visto a mafiosos de verdad y puedo decir sin temor a equivocarme que los locales cuando mucho dan risa y, en el mejor de los casos, apenas llegan a  narquillos de poca monta.
El desconstruccionismo y la mediocridad lo contagian todo. Es especialmente latente en aquellos que sólo marcan su tarjeta y se cuidan de salir de sus trabajos a sus horas religiosamente, nunca yendo más allá para hacer algo mejor, para no solamente hacer su trabajo bien, sino a fin de superar las expectativas.
Peter  Kreeft, un filósofo de Boston, dice que en eras anteriores, la sociedad premiaba a aquellos que buscaban destacarse por hacer todo mejor. El heroísmo era la máxima virtud, mientras que ahora el tratar de dejar la mediocridad a un lado y destacar es castigada por la tiranía de los mediocres.
“En nuestra sociedad moderna, igualitaria, somos honrados no por ser superiores, sino por ser parte del montón”, dice Kreeft. “En la mayoría de las sociedades antiguas, uno era honrado por ser diferente, mejor, superior, excelente”.
Cuando en broma le digo a un amigo mío que quizás nos habría ido mejor en la vida si hubiésemos adoptado la filosofía desconstruccionista y la mediocridad fuese nuestro credo, me recrimina, diciéndome que pese a que los mediocres parecen tener más simpatizantes de su lado y aunque haya perdido muchas batallas, dice:  “Prefiero seguir nadando contra la corriente”.
Yo también.
Tengo muchas esperanzas por los latinos de Yakima. No obstante, la tiranía de los mediocres pesa.
Ah, Kalimán, ¿dónde estás cuando más te necesitamos?

• Joseph Treviño es el editor de El Sol de Yakima. Su columna, Cuentos del Asfalto, aparece semanalmente. Este artículo es parte de su columna. También puede escuchar sus comentarios sobre las noticias actuales todos los miércoles como invitado del programa de Francisco Ríos, director de noticias de Radio KDNA a las 8 a.m. en el 91.9 F.M. Además, Radio KDNA ofrece su programa de noticias todos los días a las 8 a.m., 11:45 a.m. y a las 6 p.m.

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