September 29, 2009
By JOSEPH TREVINO/El Sol de Yakima

Benedita Aguilar puso una quesería con la bendición del Santo Niño de Atocha y dinero que obtuvo al refinanciar su casa; ahora es un negocio que traspasa fronteras.

Échele la culpa al Santo Niño de Atocha.
Benedita Aguilar dice que le debe su quesería, La Bendita, a un milagro del Santo Niño.
Su quesería, la cual va a cumplir diez años en el 2010, tiene a varios Santos Niños. Uno lo tiene al lado de la caja registradora, otro está al fondo, debajo de un Cristo en una vitrina que fue traído desde el Vaticano.
Aguilar se toma muy en serio el nombre que le dio a su quesería.
“Fue un milagro”, dijo Benedita el miércoles, mientras toma un descanso, en su tienda.
Por el momento, parece que La Bendita es la única quesería que localmente produce queso mexicano en el Valle de Yakima, aunque ella dice que otro productor podría abrir pronto otra quesería en Sunnyside.
En julio, Aguilar, quien tiene 66 años de edad, piensa hacer una fiesta para celebrar el décimo aniversario de haber abierto La Bendita. Está coordinando la fecha con una iglesia local para dar gracias por el éxito de su empresa.
Irene Rivera, quien trabaja en un centro de consejería en Yakima, dice que es una de las clientas más asiduas de La Bendita. Lleva 15 años comprándole quesos a Benedita, desde que ésta vendía quesos en las fábricas y bodegas de frutas.
“Toda la familia le compramos queso a ella”, dijo Rivera el miércoles.
Con una pasteurizadora propia, Benedita y sus dos hijas, Mireya, de 39 años de edad y Sandra, de 32, trabajan hasta 16 horas diarias en el local ubicado en la calle tercera. Ahora la fábrica suministra a varias ciudades del estado, incluyendo Seattle y también en Oregon.
La especialidad de La Bendita es el queso fresco mexicano, pero también tiene crema mexicana y requesón. Aparte de repartir queso, La Bendita también vende sus quesos en la misma fábrica, donde todo el día llegan clientes de todo el Valle a comprar el queso que por lo general es hecho ese mismo día.
Queso fresco
La quesería mexicana del Valle de Yakima comenzó a principios de los noventa, cuando Aguilar llegó al Valle con su esposo y cinco hijos (el matrimonio tuvo un total de siete hijos), procedentes de California en 1990, cuenta Benedita.
La familia se mudó al Valle para trabajar en los campos, dice Aguilar. Pero pronto comenzó a llevar sus quesos frescos a las bodegas donde trabajaba.
La gente le pidió más.
“Llevé a mi trabajo. No para vender. Me gusta compartir, cuando tengo una cosa me gusta compartir”, dice Aguilar.
Aguilar cuenta que ella aprendió el arte de hacer quesos de su familia, cuando su papá le regaló una vaca, allá en el municipio de Aguililla, Michoacán. Cuenta que su padre solía vender quesos los domingos en Aguililla.
En el 2000, Aguilar refinanció su casa, de donde obtuvo 21,000 dólares que usó para comprar la maquinaria que necesitaba para empezar su quesería, incluyendo ollas, moldes y luego una pasteurizadora.
De hecho, fue el uso de la pasteurizadora lo que vino a ser la diferencia, pues el queso fresco mexicano casero por lo general no pasa por un proceso de pasteurización, dice Aguilar.
Pero antes de hacer todo eso, Aguilar dice que le rezó varias novenas a la Virgen y al Santo Niño de Atocha, de quien ha sido devota desde niña.
Fue precisamente un inspector estatal quien le sugirió que le pusiera el nombre de “La Bendita”, dice Aguilar. “Dios aprieta pero no ahorca”.
La familia unida hace quesos mejor
Luz Bazán Gutiérrez, quien está con la Cámara de Comercio Hispana de Yakima, dice que la Cámara le dio un reconocimiento a Benedita Aguilar y a sus hijas en el 2005 por el esfuerzo que hicieron en sacara adelante La Bendita.
“Fue bien merecido porque la señora Benedita a luchado mucho en contra de muchos obstáculos para poder lograr lo que ha hecho”, dijo Bazán Gutiérrez. “Tiene un sueño y quiere sobresalir para ayudar a su familia. La admiro mucho, sin saber casi nada de inglés ha seguido adelante”.
Fue gracias a un esfuerzo familiar que pudo realizar la quesería, dice Benedita. Al principio, ella solía repartir los quesos por las calles sola, cargándolos en una bolsa de plástico.
“Los vendí caminando. Mis hijas no me querían llevar porque les daba vergüenza”, dice Aguilar.
Pero ahora tiene la ayuda de sus dos hijas. La mayor parte de su familia le prestó dinero para poner la quesería, dice Benedita.
Al principio, lograron transformar una casa en la actual fábrica de quesos, pero con el tiempo usaron las dos casa para hacerla más grande.
Benedita reitera que quiere celebrar en grande el aniversario de La Bendita el próximo año.
Pero dice que nunca se le olvida que trabaja en conjunto con sus hijas.
A su hija Sandra le dice: “Yo soy el motor, tu eres la transmisión”.
Got something to say?