February 2, 2010
By JOSEPH TREVINO/El Sol de Yakima
El Valle es realmente una gigantesca Frontier Town, donde el espíritu salvaje y la belleza simple del viejo oeste sigue vigente y está cobrando un sabor latino.
“A mí me gusta siempre estar en la frontera” — La Frontera, canción de Juan Gabriel.
Al decirle hace algunos años a un amigo de Los Angeles que me mudaría a Yakima, solía bromear conmigo, diciéndome que me comprara una tejana Stetson y una botas vaqueras.
“Vas al viejo oeste”, me decía, burlándose. “Más vale que llegues vestido de forma apropiada”.
No es que mi amigo denigrara el estilo del oeste, o Western, como dicen en inglés. Pero tenía razón.
Algo que hace distinto al Valle de Yakima es que pese a todas sus mejoras tecnológicas, sus universidades preciosas y competentes, los sectores de Yakima donde se alzan casas de lujo que bien podrían competir con las de Beverly Hills, el Valle sigue teniendo ese espíritu de las antiguas ciudades fronterizas o Frontier Towns.
En inglés y en el léxico del viejo oeste, una Frontier Town no necesariamente era una ciudad fronteriza que colinda entre los Estados Unidos y México, como digamos, Nogales o Tijuana. Eran y son más bien lugares donde se habían erecto pueblos nuevos en partes del país donde estaban todavía lejos de la civilización.
Entre las grandes y más conocidas Frontier Towns de los Estados Unidos estuvieron Dodge City y Tombstone, Arizona, ésta última conocida por la balacera del O.K. Corral, la más famosa del viejo oeste.
El lado malo de las ciudades fronterizas siempre ha acaparado los titulares de los diarios y la imaginación del público. Le doy gracias a Dios que el Valle de Yakima, pese a sus altibajos con los problemas pandilleriles, dista mucho de ser un lugar violento.
TAL VEZ EN PARTE se deba a ese lado fronterizo y de nobleza bárbara que todavía impera en el Valle, como el hecho de que cualquier ciudadano o residente con un historial limpio puede portar encubierta legalmente un arma de fuego. Probablemente es por esto que los pandilleros, quienes no son unos tontos, dejan en paz a los de edad avanzada: puede ser que el abuelito lleve consigo tremenda pistola con la que los pondría quietos en un santiamén.
Mas volviendo al tema, las ciudades Frontier también tienen ese algo que fomenta la creatividad. En el lado latino hay un sinfín de productos, modas y prácticas netamente “yakimenses” que son dignas de ser exportadas y emuladas por el resto del país.
Me da gusto que Toppenish orgullosamente declare que es una ciudad “donde todavía vive el viejo oeste”. El otro día estuve ahí, visitando El Vaquero, una tienda preciosa de ropa vaquera regentada por el señor José Orozco, decorada con un gusto realmente encantador.
Caminando por Toppenish me acordé de las “Calles de Bakersfield”, como cantara Buck Owens y Dwight Yoakam, cuando hicieron mancuerna con ese gran acordeonista texano, el Flaco Jiménez. La canción country en inglés narra esa búsqueda quijotesca en las calles de Bakersfield (cuyo centro es parecido al de Toppenish) que creo que todos venimos buscando de igual manera en el Valle de Yakima:
“Vine aquí buscando algo que no pude encontrar en ningún otro lugar, hey no trato de ser nadie, solo quiero una oportunidad de ser yo mismo”.
Durante mis vacaciones recientes pasamos mi esposa y yo unos días en Nogales, Sonora, una ciudad fronteriza en toda la extensión de la palabra. Visitamos a familiares y celebramos ahí el Día de Reyes.
Sí, la violencia del narco sigue aquejando a Nogales. Los titulares de los periódicos estaban llenos de eso.
Pero lo que me asombró fue lo rápido y bien que ha crecido Nogales. Han mejorado sus avenidas, ya tienen un Mall mucho más bonito que el nuestro y hay ese dinamismo creativo de una verdadera Frontier Town.
Degustamos un riquísimo Sushi empanizado, el cual venía acompañado de una versión nogalense del condimento que conocemos acá como “Fry Sauce”, el cual puede ser probado en Yakima en buenas hamburgueserías auténticas como Ron’s Tacos and Burgers.
Y por supuesto, la comida nogalense, con sus deliciosas tortillas de harina y sus tacos de ensueño, pues hacen que uno quiera volver a esa ciudad, la cual como Yakima, es el destino de muchos migrantes.
Creo que es en el ámbito culinario donde puede mejorar el Valle de Yakima, pues hay que admitir algo: la comida aquí es mala.
PERO NO HAY PORQUE desanimarse. El Valle cuenta con una población latina que rebosa en creatividad, corazón y valentía.
Solo es cuestión de que nuestros cocineros le den rienda suelta a sus dones innatos y sin duda que el Valle puede llegar con el tiempo a convertirse en un lugar conocido por su cocina.
Mientras tanto, saqué del closet un par de botas vaqueras marca Justin, cuyo taconeo rítmico, poderoso, al estrellarse contra el asfalto suena como música para mis oídos. Y en mi cruda pero sincera respuesta al llamado de la selva, solo me falta comprar una tejana Stetson como la que usaba el Hombre Marlboro para realmente volverme del todo un nativo del Valle.
Antes estaba ciego, pero ahora veo. Por fin lo he entendido.
Arriba el norte. ¡Ajúa!
• Joseph Treviño es el editor de El Sol de Yakima. Su columna, Cuentos del Asfalto, aparece semanalmente. Este artículo de análisis es parte de su columna.
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