March 9, 2010
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Los Spartans, escuadras de baloncesto de esa ciudad -especialmente el femenil- tuvieron buena presencia en el campeonato estatal.
MELISSA SÁNCHEZ
EL SOL DE YAKIMA
GRANGER — Parecía ayer cuando estos jóvenes echaban unos tiros mientras sonaba música de rock cristiano de una camioneta.
Pero mírelos ahora.
Mientras que los últimos rayos de la tarde entraban a la cafetería de Granger High School un domingo reciente, Brad Carpenter inspeccionó a los jugadores de baloncesto que han hecho historia en su alma mater. Entre ellos, su hija, Emily, y su sobrino, Chase.
“Existen tantos enlaces. Muchos de nosotros crecimos aquí y nos quedamos aquí para criar a nuestras familias”, dijo Carpenter, un ranchero quien también jugó para Granger High en 1982. “Este año hemos disfrutado el recordar aquellos tiempos y ver como las personas afiliadas a Granger durante los años se han desarrollado en un grupo cohesivo”.
La semana pesada, los dos equipos de los Spartans — muchachos y muchachas — participaron en el torneo estatal 1A de baloncesto de la secundaria en el Yakima SunDome. Este fue el tercer año consecutivo que ambos equipos aparecieron en el torneo, y la primera vez que los dos eran campeonatos de distrito.
Aunque ningún equipo ganó el campeonato, ambos empezaron bien.
Las muchachas ganaron sus primeros tres partidos. Perdieron en el campeonato contra Freeman, 56-35, terminando en segundo lugar. Otro récord.
Los muchachos ganaron su primer partido el miércoles, pero perdieron los próximos dos. Terminaron en el séptimo lugar.
Una semana antes del torneo, era fácil notar el gran apoyo que estos jóvenes tienen en su pequeña comunidad. Es un orgullo que abarca en Granger, ciudad con una considerable diversidad étnica, económica y generacional.
“Buenos jugadores vienen de buenas familias”, dijo Andy Affholter, quien ha entrenado al equipo de las muchachas desde que cursaban la escuela secundaria. “Y tenemos muchas buenas familias cuidando a nuestros jóvenes”.
Durante un reciente domingo, docenas de jugadores y sus familias se reunieron en la secundaria por una cena de espaguetis para celebrar el éxito de los equipos.
“Tratamos de venir y de apoyar aunque significa tomar el día libre del trabajo”, dijo Armando Cortez, un campesino cuyo hijo, Julio, juega en el equipo. “Podemos ser ricos o pobres, pero en el gimnasio todos son iguales”.
Con algo de ironía, Cortez saluda con su cabeza a Carpenter, quien se encuentra en el otro extremo y agrega que él trabaja en el rancho de su familia.
Esas relaciones no son poco común, dice el entrenador del equipo de los muchachos, Miguel Bazaldua.
“Tenemos a tres jóvenes cuyos padres son dueños de ranchos, tres cuyos padres son trabajadores de campo, un hijo de un pastor, un hijo de maestro”, dijo él nombrándolos de la lista.
Y están los lazos entre familias: Tres sets de hermanos y varios sets de primos juegan. Varios de ellos aprendieron las reglas del juego de parte de sus padres, quienes jugaron juntos para Granger durante los 80.
“Las personas quienes estaban viendo a Brad y a mí jugar son los mismos en la gradería viendo a nuestros hijos jugar”, dijo Neil Hull, quien se graduó de Granger en 1985 y cuya hija Halee, juega para el equipo.
Bazaldua, quien creció en un rancho en Granger como campesino, entrenó al equipo de baloncesto en Mabton, Sunnyside y Wapato antes de regresar a su pueblo.
“Ahora estoy donde todo inició”, dijo él. “Nos consideran uno de los pueblos más pobres. Pero el espíritu en la secundaria es muy alta. Pasamos el ‘levy’ (impuesto) escolar.
“Eso significa algo; tiene que ver en como las personas se sienten con el pueblo”.
Hasta las generaciones más jóvenes lo sienten.
Reis Klarich, quien cursa el octavo grado -cuya hermana de Janae juega como guarda base – es el recogepelotas para el equipo de varones de la secundaria.
“Me gusta venir a los partidos”, dijo la joven Klarich. “Mis padres asisten a todos. El gimnasio se llena tanto que se venden todas las entradas. Muchos de mis amigos vienen y normalmente se sientan en un grupo en la esquina”.
En otros distritos escolares, los partidos de muchachas típicamente no atraen a tantos aficionados como los partidos de los muchachos. Eso ha estado cambiando en Granger. Se entiende entre los aficionados que tienen que llegar temprano para agarrar un asiento.
“Antes venían a ver a los muchachos jugar. Ahora llegan más temprano para vernos también”, dijo Emily Carpenter. “Desde que calificamos para el partido del campeonato el año pasado, las personan vienen a vernos”.
Katrina Reddout, cuya hija, Ashlee, e hijo, Andrew juegan, asintió con la cabeza cuando recordó algunos de los fans durante el partido contra Zillah en Finley el sábado 27 de febrero pasado. Un estudiante de primaria hizo una camiseta con una foto de ella con Ashlee Reddout — y convenció a sus padres de llevarla a Finley, Wash., un viaje de ida y vuelta de más de 120 millas, para ver el partido.
“Son modelos de imitar para nuestros estudiantes menores”, dijo Reddout, quien entrenó al equipo de muchachas en una liga de jóvenes durante la escuela primaria.
El martes por la noche, Reddout estaba regresando a su casa de Yakima, donde había recogido a 175 camisetas de Spartan, las cuales ella había mandado imprimir para que se vistieran los fans.
“El tener a los dos grupos de jóvenes en equipos exitosos, me da escalofríos”, dijo ella. “No sé que decir. Esto no tiene precio”.
• Traducido por Vera Sanabria.
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